Blog dedicado a la promoción de las obras de Artes Visuales de Virgilio López Azuán

domingo, 21 de junio de 2026

Obras artísticas de Pedro Pablo Méndez García, ¿ruptura o elevación?

 

Por Virgilio López Azuán



Pedro Pablo Méndez García es el secretario general del Colegio Dominicano de Artistas Plásticos (CODAP). Pintor, maestro y formador de artistas. Con más de 40 años de trayectoria en el arte, ha consolidado su nombre como referente de la plástica en la República Dominicana. Importantes figuras de la opinión pública sobre la plástica han escrito para destacar su obra. Entre estas se encuentran: Óscar Gil Díaz (1992), Delia Blanco (2000), Stephen Kaplan (2000), Abil Peralta Agüero (2009) y Virginia Goris (2001), entre otros.

 Su participación en exposiciones individuales y colectivas en los ámbitos nacional e internacional confirma su talento y sensibilidad, que discurren —con una temática cotidiana y espiritual— por los estilos simbólicos, expresionistas y figurativos (especialmente el cubismo), experimentando una evolución constante.

Cabe mencionar algunas de sus obras: Sustancia vital (30”x50”), Interpretación cuántica (30”x40”), Capturando deseos (44”x30”), Aleación bucólica (45”x30”), Manifestando alegorías (46”x38”), Sumergidos en azul (40”x50”), Inseparados en amarillos (38”x45”), El grito del silencio (24”x15,5”), Caminos diluidos (37”x33”), Aspiración interna donde el mañana no vuelve (50”x40”) …

Evolución y estilos

Hacer una pausa para analizar la obra pictórica de Pedro Pablo Méndez García requiere reflexiones posteriores a la contemplación, al acto en el que se despiertan sensibilidades y se articulan la chispa emocional y el proceso conceptual. Estamos ante un artista en constante evolución. No solo ha incursionado en estilos de probada madurez como el cubismo —cuya huella y temblor geométrico aún resuenan en las generaciones actuales—, sino que también ha profundizado en la búsqueda de planos espirituales. Es allí donde articula un lenguaje de formas y colores propio de su imaginario. Del cubismo, palpa su abstracción lírica y orgánica con una libertad emocional del color; además, incuba la energía de los misterios tras las formas, desdibujando realidades de orden existencial.

El artista, desde sus inicios, como discípulo aventajado de Plutarco Andújar, desarrolló su arte con una fuerte inclinación por las marinas y sus paisajes costeros, que, según sus críticos, poseían una carga espiritual. O sea que «El hombre vino del mar». Emergió con su carga de azules y de aguas llenas de arcoíris para evolucionar desde las regiones exteriores hasta las introspectivas, geométricas, cuánticas y anímicas. Echa raíces en un mundo abstracto, sensible, profundo y a veces ininteligible. No siempre comunica el concepto; el espectador debe empujar las puertas de la catedral del artista y descubrir su minimalismo. 

Sí, «El hombre vino del mar», evocando la voz lejana de un posible origen primigenio. El artista vino del mar y lo contempló, mirándose a sí mismo en sus paisajes pintados. Una tarde cualquiera quiso penetrar en sus profundidades y lo logró. Encontró un fondo telúrico, con rocas cortadas con simetrías aproximadas, pintadas con los colores de la tierra: ocres, verdes, anaranjados, marrones y amarillos. Descubrió que de esa manera estaba tintada el alma.

La antorcha racional


Por más que el artista se empeñe en ocultar sus propias realidades y justificar el acto racional en la muestra que analizamos en el presente texto, no lo consigue. Para ello, acude a titular sus pinturas con nombres como «Eternizando razones», «Reserva lineal», «Husmeando nuevas ideas», «Desarrollando incógnitas ideas» e «Interpretación cuántica». Cuesta asumir cada título como un punto de fuga para interpretar las obras.

Con toda libertad, con estos títulos, el artista intenta, desde la visión propia de su cosmogonía, tender un rayo de luz al espectador para que siga su rastro y se encuentre con él en la máxima plenitud de su estado poético. Quise hacerlo con el cuadro «Interpretación cuántica» y opté por utilizar las palabras «Interpretación» y «cuántica» por separado, que pudieron abrir mis caminos, a veces laberínticos, con feroces cargas de fórmulas físicas, mundos paralelos, multimundos, el gato de Erwin Schrödinger, las partículas subatómicas y la materia oscura del universo. A pesar de ello, pude salir de mi propio laberinto y captar el objeto sensible de esta estupenda obra de Pedro Pablo.

Lectura de un texto visual



Despojado de los conceptos científicos y dejando a un lado la antorcha racional, practiqué el método perceptivo del efluvismo y entonces sí pude encontrar un espacio de “individuación” según Carl Jung (1916).

Agudicé la percepción visual y activé estímulos capaces de encontrar en la pintura fragmentos e ideas completas, cuyo corpus lingüístico crea un marco conceptual que, al imaginar, permite generar realidades, surrealidades y metarrealidades. En ese caso, se ha construido un texto estético a partir de la armadura de las imágenes abstractas, disueltas en los colores. Comento que esta es una experiencia personal como espectador. Sobre la compleja interpretación de lo cuántico, se ha articulado una energía impresionista en las obras de Pedro Pablo Méndez García. Se despiertan formas y amorfismos de cerdos, peces, felinos, humanos, caos, enfrentamientos y fragua sexual. ¿Por qué se despiertan estas figuras en el espectador si en el arte abstracto se produce una ruptura temática y de las formas que sustentaban el clasicismo, el naturalismo y el realismo tradicionales? La respuesta la encontramos en que, durante mucho tiempo, se instalaron en el cerebro —principalmente en el del individuo occidental— modelos perceptivos de las imágenes, que se replican en estados emocionales y en la construcción de formas en el espectador.

En el cuadro “Interpretación cuántica”, su análisis, desde cualquier prisma, debe aportar evidencia suficiente que respalde las percepciones del espectador. Quizá, si no hubiera sido titulado de esa manera, la lectura textual habría sido otra, como sería si el autor lo hubiera titulado de manera distinta. O sea, así como el enmarcado o la “cañuela” forma parte integral de la obra visual para su descripción, así lo es el título de la misma.   

El artista que recrea no puede controlar las figuraciones perceptivas del espectador ni incidir en una respuesta sensible acorde con lo que desea comunicar. Ahora bien, si el autor artístico logra tender en su obra un hilo conceptual y contextual de significancia común —a pesar de las distintas miradas estéticas—, el concepto lo convierte en arte y el contexto marca pauta de identidad epocal, como sucede en muchas obras maestras que retratan periodos históricos, costumbres y dominios de clases políticas y sociales.



¿Para qué titula el pintor su obra? La respuesta es automática; sirve para identificarla. Pero en esa palabra o frase existe una carga conceptual capaz de alterar «el algoritmo» de la construcción del lenguaje simbólico en el espectador cuando se utiliza el estilo abstracto o cubista en sus diferentes vertientes, como ocurre en las obras de Pedro Pablo Méndez García. Como espectador, puede terminar olvidando por completo el título. No ocurre, por ejemplo, con la obra La terraza de Sainte-Adresse (1867) (óleo sobre lienzo, 98,1 cm × 129,9 cm) del pintor francés Claude Monet, realizada en un estilo posimpresionista. Este estilo representaba un alejamiento intencional del realismo óptico y del anatómico tradicional. No obstante, el título de la pintura de Monet nos lleva de inmediato a la idea de una terraza, no a otra cosa, a pesar de las diferencias entre los estilos posimpresionista y realista. En la obra de Pedro Pablo, esto nos llevará a múltiples interpretaciones, no solo por la primera palabra del nombre, sino también porque el concepto de lo cuántico nos introduce en una mirada microscópica de la materia, susceptible de ambigüedades formales derivadas del principio de incertidumbre. Sin embargo, esa es otra manera de reconocer el arte que destella en espléndidas dimensiones.

El arte del concepto y del contexto

Si el realismo nos conecta con lo común, con el objeto natural en el lienzo, lo abstracto lo hace con formas indefinidas en la primera fase, pero la emoción, el sentimiento y el pensamiento lo elevan a la categoría artística.

En el presente contexto humano, con la ruptura de los grandes metarrelatos, entre ellos los religiosos y los económicos (cristiano, iluminista, la razón y el capitalista), que la posmodernidad tiende a rechazar, como sostenía Jean-François Lyotard en su obra La condición posmoderna (1979), resultan necesarias nuevas búsquedas de expresión artística que respondan al palpitar emocional y conceptual de la época. La flecha apunta al pensamiento estético cuántico y cósmico, a la expresión tecnológica, a la preservación del planeta, a distintos modelos comunicacionales y a los desafíos que plantean las inteligencias artificiales. Al mismo tiempo, la tendencia proyecta una búsqueda de lo espiritual, de la mismidad y la alteridad.

Las artes visuales, herederas de técnicas tradicionales, deben experimentar sus propias catarsis en cuanto a técnicas y temáticas; escuchar el pulso de un mundo que reinventa paradigmas capaces de subsumir cualquier intento de validación proveniente de sectores vulnerables u oprimidos.   


Una de las obras de Pedro Pablo Méndez García es "Sustancia vital" (30” x 50"), que, al conceptualizarla, conduce a múltiples destinos semánticos de sustancias vitales como el agua, el aire, la sangre, el semen…, si se lee el título antes de ver la obra. Después, a partir del reflejo de las percepciones visuales, se pueden interpretar otras. Aunque no lo parezca, se logra la experiencia estética mediante la interpretación conceptual, porque el concepto, como componente esencial del lenguaje, puede ser elevado a categoría estética; de ahí el amor a la sabiduría, de ahí la filosofía.

En la obra que seguimos, la estética convierte lo amorfo en experiencia sensible. Los colores utilizados nos devuelven la visión mineral, la tierra, lo pétreo, donde brota la luz como auras vivas. Ese artista que vino del mar está al encuentro de una verdad subterrenal, donde los egos se transmutan en un ritual de iniciación ígnea, donde hay una fundición del magma y lo psicológico se convierte en esencia, como vertiente del ser.     

Me quedo con sus ocres, marrones, grises, rojos y anaranjados, así como con sus verdes periféricos. Me quedo con sus blancos intensos y enceguecedores, que simbolizan el centro de las hogueras estéticas y la elevación en “Sustancia vital”.

¿Ruptura o elevación?



Serán las dos cosas si hay proceso y evolución. El artista que vino del mar nunca se irá; en tardes aciagas, en las playas de sus recuerdos, «desguaza sus alas blancas». El artista seguirá sus rupturas porque encontró elevaciones en sus experiencias marinas. Ahora el artista ha vuelto la mirada a otra de sus facetas, la espiritual. Quema en las hogueras del color sus egos y los de los demás. Respira nuevos aires de libertad creativa, aunque construir una experiencia estética personal genere rápidas evoluciones en su ascenso.

Ante la obra pictórica de Pedro Pablo Méndez García, concebida en el estilo abstraccionista y cubista, se sugieren imágenes de huellas en primer plano, de habitantes de espacios donde se libran grandes batallas: todas las batallas personales del artista y las de los espectadores. El metarrelato iluminista parece agonizar y solo está atado a los nombres de las pinturas.

Con estas obras, las artes visuales en la República Dominicana mantienen en la escena el pluriconceptualismo, sostenido por estilos que alcanzan una madurez expresiva. 

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